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La Pareja

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LA PAREJA

La especie humana, como todas las especies sexuadas, necesita el encuentro de los complementarios para generar un nuevo individuo. Ese encuentro entre los masculino y lo femenino reproduce el Todo, el Tao, la Unidad y es la forma hacia la que han evolucionado muchas especies para que pueda continuar su existencia y, también, para añadir más diversidad genética, ya que cada hombre y cada mujer transmiten sólo la mitad de sus cromosomas para que el individuo resultante tenga un genoma mixto y, por lo tanto, cambiado.

Fig. 19: Atracción entre los miembros de una pareja

La simple unión sexual no identifica a la pareja, la pareja implica lazos afectivos, convivencia y también compromiso entre sus miembros. Cuando un hombre y una mujer, movidos por poderosos impulsos instintivos, se atraen mutuamente, sienten unas fuerzas interiores de difícil explicación o de muy complejo o nulo razonamiento que los llevan al encuentro, luego al acercamiento y, progresivamente, al deseo de estar juntos (Fig. 19).

Ese deseo de mantenerse juntos puede no ser largo en el tiempo y corresponder a esos encuentros de tipo experimental para probar nuestras capacidades de atracción o de gustar a los demás y aumentar la autoestima, pero cuando coge fuerza, el deseo se proyecta a más largo plazo y se busca mantener la relación fomentando la convivencia, las experiencias juntos y, habitualmente, el deseo de reproducción y la formación de una nueva familia. Estamos hablando aquí de la pareja entre miembros de sexos diferentes, ya que la pareja formada por individuos del mismo sexo no puede reproducirse por sí misma y tiene que recurrir a otros métodos (inseminación artificial, adopción, tener un hijo con una tercera persona, etc.) para realizar la crianza de los niños. En este caso, uno de los dos representa el papel yin (femenino) y el otro el yang (masculino) dentro de la pareja.

Pero, dejando a un lado el impulso reproductor y la formación de familias que aseguren que los hijos puedan llegar a la edad adulta de reproducción y así continuar la especie, la pareja implica especialmente convivencia y entendimiento entre sus componentes, Yin y Yang, los componentes diferentes pero complementarios. Aquí es donde la pareja encuentra mayor dificultad para seguir adelante. Muchas veces despertamos de ese sueño, de ese cóctel de hormonas y estados imaginados que denominamos enamoramiento y que tiene como objetivo principal percibir al otro miembro de la pareja como alguien ideal o muy similar, para que a continuación se produzca el deseo de encuentro sexual y, finalmente, el apareamiento y su consecuencia probable: la llegada de un nuevo ser.

Muchas parejas que han vivido un idilio amoroso durante el periodo en el que no han tenido aún hijos, se despiertan de ese sueño amargamente diciendo frases tan típicas como “tú ya no eres como antes”, “no te reconozco”, “tú y yo somos muy diferentes”, “no sé qué vi en ti para enamorarme”, “has cambiado mucho” o “ya no me quieres como cuando éramos novios”, por poner sólo algunas de las frases que nos hablan de esa toma de conciencia de que la persona con la que compartimos la vida es diferente a nosotros y eso pone con frecuencia a la pareja en estado de crisis (Fig. 20), que habitualmente sirve para que la pareja crezca, evolucione y se adapte a los nuevos cambios.

Fig. 20: La crisis de la pareja.

El deseo de tener un hijo, el embarazo de la mujer, el parto, la lactancia y la crianza de los hijos son algunas de las pruebas más difíciles de superar para una pareja. El cansancio, el estrés, las prioridades, las obligaciones, las crisis, los esfuerzos económicos, la falta de tiempo, la disminución de los momentos de encuentro, entre otros factores ponen a prueba el amor y la capacidad de supervivencia de la pareja.

Últimamente en nuestras sociedades del bienestar donde las necesidades básicas de los individuos suelen estar cubiertas, se está observando el descenso de la natalidad hasta cifras realmente preocupantes que invierten la pirámide de población y que ponen en seria dificultad el mantenimiento a largo plazo de esas sociedades. Si de dos personas salen otras dos, la población se mantiene; si sale una, la población se reduce a la mitad; si no sale ninguna la población se extingue.

Este drama de nuestras sociedades de la abundancia se ha complicado más aún con la crisis de la pareja como institución monógama, basada en la fidelidad y en la larga duración. Este modelo asegura que los hijos mantienen a los mismos padres a lo largo de su vida, incluso aunque no se lleven bien. El modelo nuevo consiste en que cuando una pareja descubre que tiene conflictos y no quiere o no encuentra la manera de resolverlos, puede romper el lazo de unión y separarse física y legalmente a través del divorcio.

Aunque pudiera parecer que esto debería haber traído la solución a los conflictos de pareja, en realidad en muchos casos no ha hecho más que complicarlos, muchas veces, de forma exponencial. Es cierto que cuando una pareja no tiene hijos, la separación puede ser la reparación de un error cometido en ese estado de obnubilación que llamamos enamoramiento o como consecuencia de la inmadurez o de ciertas circunstancias. Pero cuando la pareja tiene hijos, esa pareja nunca se separa del todo porque queda unida a través de ellos, sus necesidades o sus circunstancias.

Si uno de los miembros se desentiende de la crianza de los hijos carga sobre el otro todo ese esfuerzo; pero el hijo siempre lo echará de menos y lo buscará física o emocionalmente. Esto puede generar conflictos por carencia o rechazo que se reflejarán progresivamente en la personalidad del niño, del adolescente y del joven.

Cuando la pareja se separa pero mantienen una lucha por la custodia o por las formas de educar o cuidar de los hijos, todos salen malparados. Toda lucha implica violencia y en esa violencia crecen los niños, que se verán obligados a cambiar su objetivo inicial en la vida por el de ayudar a sus padres a salir del dolor y el sufrimiento que les supone haber fracasado en su intento de mantener una pareja, perder el amor del otro y entrar en una fase de abandono o agresión encubierta o abierta. Esto marcará de por vida a los niños que cuando sean adultos en edad de procrear pueden desarrollar la tendencia a repetir los errores no resueltos de los padres o a llenarse de miedos en relación a la convivencia, la reproducción o la crianza.

Si uno o los dos miembros de la pareja separada con hijos encuentra a otras personas y empieza una nueva pareja, a los hijos de las otras relaciones se le crea un nuevo conflicto, el del reconocimiento y aceptación del o de los nuevos miembros de la familia, teniendo que aceptar como padre o hermano a alguien que no lo es por lazos de sangre y al que no ha elegido personalmente. Con ese nuevo miembro aparecen nuevos abuelos, primos y tíos que lo son de repente y sin lazos previos de unión y convivencia. Puede también aparecer un diferente miembro en la familia, un hijo de la nueva pareja que traerá otras situaciones que aceptar o rechazar.

Cuando esto se repite varias veces las complicaciones son cada vez mayores. La reacción natural de los hijos es la de no querer pasar por lo mismo que sus padres y no hacer pasar a ningún niño por lo mismo que han pasado ellos, lo que los puede llevar a una lucha entre su instinto de encuentro y de reproducción y su experiencia vital. Con frecuencia estos niños deciden no tener hijos y si forman parejas son distantes y basadas en el desapego.

La pareja puede descubrir en algún momento de su convivencia las importantes diferencias biológicas, mentales y emocionales entre hombres y mujeres, las peculiaridades de cada sexo, las muy diferentes formas de enfocar las situaciones, las diferentes habilidades, las complejidades de cada comportamiento y percibir en estas diferencias naturales otro motivo más para el desencuentro de la pareja y despertar la agresividad de uno hacia el otro.

Fig. 21: Pareja de personas mayores.

Es frecuente que un miembro de la pareja despierte de su sueño de igualdad descubriendo que el otro no se comporta como esperaba, es decir, con rasgos femeninos o con rasgos masculinos. Esto es lo que se espera del otro porque es lo que se conoce, creemos que los demás se deben comportar como nosotros y cuando formamos grupos de sexos iguales los comportamientos son similares, pero no es así en los grupos mixtos ni en las parejas.

Muchas otras parejas consiguen establecer un equilibrio a lo largo de las diferentes etapas de la vida y llegan a vivir juntos durante muchos años hasta que uno de los dos fallece. Estas parejas de personas mayores pueden ser un referente para otras parejas más jóvenes (fig. 21).

La pareja, como vemos, es junto con la tribu, uno de los métodos más importantes y eficaces para asegurar la supervivencia de la especie, pero por sus demandas de reproducción y de mantenimiento a largo plazo, se convierte en una de las mayores fuentes de alegría y bienestar, pero también de conflicto y de estrés crónico que puede, finalmente, acabar provocando una enfermedad.

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