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La salud y la enfermedad

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LA SALUD Y LA ENFERMEDAD

A pesar de que puede parecer muy evidente, lo cierto es que resulta muy difícil definir qué es la salud y qué es la enfermedad. De hecho, cuando la O.M.S. (la Organización Mundial de la Salud) se vio en la necesidad de establecer una definición de salud tuvo que acudir al tópico de decir que “es la ausencia de enfermedad” y posteriormente le añadió alguna coletilla relacionada con el bienestar y la felicidad.

Tanto es así, que hoy nos sigue costando saber qué es la salud y qué es la enfermedad y, por lo tanto, poder diagnosticar cuando una persona está sana o enferma, saber si está en riesgo de estar enferma dentro de un cierto periodo de tiempo o si una persona enferma podrá volver a estar sana.

Por lo tanto, es becesario definir la salud y la enfermedad como estados transitorios y cambiantes como la propia Naturaleza y que no se quedan estables en una posición ya que pueden variar en cualquier momento. Pongamos el ejemplo de una persona que acaba de pasar un exhaustivo chequeo médico con unos resultados excelentes y que, de repente, sufre un ataque cardíaco imprevisible como consecuencia de un disgusto de gran intensidad. Apenas unos minutos antes era una persona sana y, súbitamente, es ingresado en la sección de enfermos cardiacos en las urgencias de un hospital con grave peligro para su vida.

Otras veces preguntamos a alguien “¿cómo estás?” y nos contesta “estupendamente, estoy como un toro” pero al día siguiente nos lo podemos encontrar decaído porque por la tarde acudió al médico con un dolor abdominal y le han diagnosticado un cáncer de colon. Es la misma persona, que en unas horas se ha definido como muy sana o como muy enferma.

Para salir de esta situación de indefinición tendremos que observar la salud y la enfermedad como las dos partes, Yin y Yang, de un Todo. La salud y la enfermedad serían así diferentes pero complementarias y ambas necesarias para entender el proceso. Por ejemplo, cuando entramos en contacto con el virus del sarampión entramos en la situación de enfermedad y nuestro sistema de defensas tiene que luchar para salvarnos la vida. Una vez que fabricamos los anticuerpos adecuados contra el virus del sarampión adquirimos la situación de inmunidad, y pasamos a estar sanos. Sin la presencia del virus, es decir, lo que provoca la enfermedad, no habríamos generado las defensas o, lo que es lo mismo, recuperar la salud que habíamos perdido.

Una forma de entender mejor esto sería la de imaginar un camino por el que transitamos. En un extremo del camino estaría la salud absoluta, el bienestar máximo al que podríamos llegar y en el otro extremo la enfermedad, el estado de malestar máximo en el que estaríamos poco antes de morir. En el medio de ese camino imaginario pintaríamos una raya que describiese el estado de ni muy sano ni muy enfermo. Nuestro estado de salud o enfermedad fluctuaría continuamente entre un estado de salud excelente, bueno o regular o un estado de enfermedad leve, moderado o grave y estaríamos cambiando continuamente nuestra situación en ese camino según las circunstancias de nuestras vidas.

Como nuestro deseo natural e instintivo es el de estar sanos para poder desarrollar adecuadamente nuestras vidas, lo normal es que hagamos lo posible por estar sanos y tratemos de evitar la enfermedad. Sin embargo, nuestras sociedades de consumo facilitan la adquisición de hábitos que favorecen la aparición de ésta, como fumar, beber alcohol, tomar café o té, comer alimentos pocos saludables o dormir poco, y se ha promovido la idea de que si uno no tiene alguno o todos esos vicios es que no está disfrutando de la vida.

En conclusión, todo lo que afecte a nuestra salud nos quitará la posibilidad de disfrutar plenamente de la vida y sólo nos dará un efímero estado de placer que nos acercará progresivamente al dolor y a la enfermedad.

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